miércoles, 26 de octubre de 2011

Victoria Holt


El Señor de Far Island.


La pesadilla la había perseguido durante distintos momentos de su vida. Se veía llegando a una habitación con chimenea y un cuadro de una tormenta en alta mar, hasta que, de pronto, su tensa espera se veía rota por el giro del pomo de la puerta y una sensación de temor se apoderaba de cada fibra de su cuerpo. En ese instante. Ellen se despertaba, aterrada más por la inminente atmósfera de fatalidad que desprendía el sueño que por los detalles, en sí nada extraordinarios, de la escena vivida. Que la imagen fuera recurrente, pensaba Ellen, podía no ser más que una forma de expresar la angustia acumulada a lo largo de su corta vida. Huérfana desde temprana edad, su tía Agatha había cumplido con la promesa de acogerla hasta que se convirtiera en una señorita, aunque no sin dejar de recordarle los escándalos en los que se había visto envuelta su difunta madre y la enorme gratitud que tenía la obligación de sentir hacia la familia que había decidido protegerla. Pero pensándolo bien, en muchos aspectos, la vida de Ellen había sido un rosario de obstáculos, que, afortunadamente, parecían estar a punto de acabar. O, al menos así lo creía Ellen, tras recibir la propuesta de matrimonio del apuesto heredero de los Carrington. Sin embargo, sólo sería el punto de partida de una vida sembrada de amores intensos y reencuentros con un doloroso pasado.Ellen Kellaway recibió la carta de Far Island en un momento crucial de su vida, en el período de abatimiento e incertidumbre en que la había sumido el suicidio de su prometido. Quizá no fuera una simple casualidad que la historia de su padre irrumpiera en su joven vida. Ellen Kellaway no podía olvidar que su madre había abandonado a quien fuera su marido. Cuan extraño le resultaba que el nombre de aquél volviera a la luz tras largos años de olvido. Pero era algo incuestionable. La invitación para visitar los dominios del señor de Far Island estaba hecha y Ellen debía tomar una decisión al respecto que podría cambiar, significativamente, los horizontes de su destino. Nadie le había hablado de aquel lugar, el hogar de su padre, pero Ellen aceptó la invitación de Jago Kellaway y emprendió el viaje a la isla de la que había huido su madre. Y en Far Island halló respuesta al sueño que la había perseguido durante toda su vida.


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